El piano. Cada día que pasaba tenía más deseos de tocar el piano. Deslizar suavemente las manos sobre las teclas, blancas y negras, cambiar el ritmo estrepitosamente con aquel estilo tan particular que yo tenía... que Marisa me había enseñado. Sí, sabía perfectamente que el día menos pensado volvería a sentarme delante de un piano y tocaría sólo para Bea ; lo haría horas y horas porque habría logrado combinar dos de los elementos más importantes y determinantes en mi vida : Bea y la música. Ambas tienen algo en común que las hace únicas e inigualables : no sólo hay que saber tocarlas para que funcionen, sino que cuando uno cree haberse hecho con las riendas y dominarlas, acaba por darse cuenta de que el dominado es él, sin ni siquiera querer remediarlo. Pero con todo, estaba convencido de que un día llamaría a Bea, le cantaría el mejor tema que jamás he compuesto y en ese momento no habría marcha atrás... una vez más. Regresaría la oscuridad... y se acabó.
No obstante, es tan difícil sentarse otra vez en la banqueta del piano... Y, sobre todo, es tan duro olvidar todo lo que pasó... Yo no era más que un crío pero eso no pareció importarle a nadie. Tal vez porque maduré demasiado rápido. Quince años, contaba únicamente con quince años cuando me introduje en un mundo que casi acaba conmigo. Recuerdo a Marisa muy bien, tal vez, excesivamente bien. Dicen que, en ocasiones es mejor recordar a los muertos que atender las necesidades de los vivos y es cierto. Sin embargo, en el caso de Marisa, preferiría que la memoria se esfumara por completo.
Estaba en primero de B.U.P. y Marisa era mi profesora de música. Poco a poco fuimos intimando, a medida que conocía los intrincados caminos de la música. Todo comenzó por mis deseos desmedidos de aprender a tocar el piano. Marisa me enseñó. Sí, me enseñó más de lo que yo le había pedido... Pronto descubrimos que tenía un don especial para la música ; era capaz de captar ciertas melodías sin necesidad de partitura, tono o conocimiento de solfeo. Aquel año adquirí una sorprendente soltura con el piano. Marisa intentó convencerme para que me presentase al concurso del instituto, pero sólo consiguió arrastrarme a una de las sillas del jurado. Odiaba y odio los concursos porque el arte que uno ha creado con tanto mimo e ilusión termina prostituyéndose por unos miles de pesetas. Lo más lamentable es que, a pesar de tenerlo muy claro, prostituí mi arte sin contemplaciones.
Cuando iba a casa de Marisa sufría una transformación, que alcanzaba su cima en el preciso instante en que apoyaba mis manos sobre las teclas del piano. El sonido inundaba la estancia, cerraba los ojos y notaba cómo la música penetraba en mi cuerpo y fluía por mis venas. Era magnífico aquel trance, aquel estado onírico en el que me perdía y con el que Marisa disfrutaba. Pero ella quería más y más. Y lo consiguió.
Una tarde, tumbados encima de su cama, charlábamos acerca de la música. Comenzó a sugerirme que conocía un local donde se tocaba el piano y que, quizás, ella podría mover unos hilos para que tocara alguna noche. Era lo que siempre había deseado. Me avalancé sobre ella y le di las gracias abrazándola. Me besó. Fue tan inesperado que mi única reacción fue corresponder con otro beso, al que sucedieron otros tantos que degeneraron en dos cuerpos desnudos siguiendo un ritmo frenético, apasionado... Aquel día, no sólo perdí la virginidad, sino que además, me adentré en un laberinto oscuro, tenebroso del que casi no logro escapar.
martes, 20 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
XII.
- Qué pena que no haya salido al final lo del viaje, ¿verdad? -dijo Beatriz.
- Hombre, pues más bien. La gente tenía muchas ganas, pero bueno, otra vez será -quise dar un pequeño giro a la conversación y pregunté-. ¿Cómo es que no me lo dijiste tú? Me enteré por casualidad, porque Ángel se lo comentaba a Pedro, creo que era, no me acuerdo.
- No sé, se me pasó. Te lo iba a haber dicho el martes, pero fue cuando vino Kike de examinarse del carnet y se me olvidó.
Otra vez ese maldito Enrique. Me estaba conteniendo cuanto podía pero sabía que de un momento a otro estropearía la tarde. Resolví ir al servicio y contar allí no hasta diez, sino por lo menos hasta cien, porque el mal humor que tenía tardaría aún un buen rato en evaporarse. Todavía oía las carcajadas de Satanás y alguna noche me hacían llorar, recordándome que no me había servido de nada tanta humillación, tanta vergüenza... y ella salía al paso con la excusa del carnet de aquel tipo. Era increíble. Cuando regresé del cuarto de baño encontré dos capuccinos sobre la mesa. Bea sabía que me encantaban los capuccinos, pero a ella no le agradaban demasiado. Me sorprendió y no pude ocultar mi asombro.
- ¿Y esto?
- Dos capuccinos -contestó.
- Ya, ya sé que son dos capuccinos, pero... no entiendo...
- No hay nada que entender. Un buen capuccino para decirte que te quiero, y que te quiero como no he querido nunca a nadie... y esto no lo había dicho antes.
Esto es lo que Beatriz sabía hacer muy bien: conseguía ponerme furioso y dos minutos después, hacerme tan sumiso como un corderito... o como un borrego, diría más bien.
- Yo también te quiero, y mucho -susurré, acariciando su barbilla.
- Tenía ganas de ir a ese viaje para estar contigo más tiempo -se lamentó.
- Ya iremos juntos a alguna parte -hice una pequeña pausa, lo justo para besarla-. A Nueva York, por ejemplo.
Nueva York era una ciudad que hechizaba a Beatriz. La atraía desde hacía mucho tiempo y nunca había tenido ocasión de ir, a pesar de que todos lo veranos viajaba al extranjero. Nunca supe muy bien qué era exactamente lo que le apasionaba tanto de aquella ciudad, pero resultaba impresionante cómo cambiaba la expresión de su rostro con sólo mencionar el nombre de esta ciudad. Quizá era la diversidad de gente que allí se mezcla, la agresividad, la fortaleza,... la confusión que acaba cediendo a la fusión. No lo sé.
- Nueva York. Creo que llegaré a los cuarenta y aún no habré ido.
- Hagamos una cosa -animé un poco el ambiente-. El día de tu cumpleaños número cuarenta, te llevo a Nueva York, aunque te haya llevado antes, quién sabe.
- Estás loco. Venga, vale... y serás mi amante.
- Vaya eso ya va a ser más complicado, porque tú estarás casada, con hijos...
- Para ti no será difícil -aseguró.
- Entonces quedamos en eso -concluí-. El 13 de marzo del 2013 iré a buscarte a casa, cogeremos un avión y nos largaremos a Nueva York.
- Ojalá todo fuera tan fácil, ¿eh, Iñaki?
- Es así de fácil -sentencié y la besé apasionadamente.
Una hora después nos encontrábamos tumbados sobre el colchón de su cama, desnudos y amándonos intensamente. Había hecho el amor muchas veces con Bea, pero del mismo modo que me sucediera con aquel beso, tuve la extraña y fantástica sensación de que aquel acto estaba exento de sexo, era amor en estado puro... Qué tontería. Lo he pensado muchas veces y siempre acabo dudando de si lo era o no. Fuera lo que fuera, jamás lo volví a sentir hasta muchos años después... y olvidé las carcajadas de Satanás.
- Nunca me dejes, Iñaki -murmuró a mi oído mientras abrazaba mi torso desnudo, todavía sudoroso.
“Nunca me dejes, Iñaki”. Aquella frase sonó como una despedida de estación, como un lamento de un condenado a muerte... como una súplica de quien se siente impotente ante lo que le acecha.
- Hombre, pues más bien. La gente tenía muchas ganas, pero bueno, otra vez será -quise dar un pequeño giro a la conversación y pregunté-. ¿Cómo es que no me lo dijiste tú? Me enteré por casualidad, porque Ángel se lo comentaba a Pedro, creo que era, no me acuerdo.
- No sé, se me pasó. Te lo iba a haber dicho el martes, pero fue cuando vino Kike de examinarse del carnet y se me olvidó.
Otra vez ese maldito Enrique. Me estaba conteniendo cuanto podía pero sabía que de un momento a otro estropearía la tarde. Resolví ir al servicio y contar allí no hasta diez, sino por lo menos hasta cien, porque el mal humor que tenía tardaría aún un buen rato en evaporarse. Todavía oía las carcajadas de Satanás y alguna noche me hacían llorar, recordándome que no me había servido de nada tanta humillación, tanta vergüenza... y ella salía al paso con la excusa del carnet de aquel tipo. Era increíble. Cuando regresé del cuarto de baño encontré dos capuccinos sobre la mesa. Bea sabía que me encantaban los capuccinos, pero a ella no le agradaban demasiado. Me sorprendió y no pude ocultar mi asombro.
- ¿Y esto?
- Dos capuccinos -contestó.
- Ya, ya sé que son dos capuccinos, pero... no entiendo...
- No hay nada que entender. Un buen capuccino para decirte que te quiero, y que te quiero como no he querido nunca a nadie... y esto no lo había dicho antes.
Esto es lo que Beatriz sabía hacer muy bien: conseguía ponerme furioso y dos minutos después, hacerme tan sumiso como un corderito... o como un borrego, diría más bien.
- Yo también te quiero, y mucho -susurré, acariciando su barbilla.
- Tenía ganas de ir a ese viaje para estar contigo más tiempo -se lamentó.
- Ya iremos juntos a alguna parte -hice una pequeña pausa, lo justo para besarla-. A Nueva York, por ejemplo.
Nueva York era una ciudad que hechizaba a Beatriz. La atraía desde hacía mucho tiempo y nunca había tenido ocasión de ir, a pesar de que todos lo veranos viajaba al extranjero. Nunca supe muy bien qué era exactamente lo que le apasionaba tanto de aquella ciudad, pero resultaba impresionante cómo cambiaba la expresión de su rostro con sólo mencionar el nombre de esta ciudad. Quizá era la diversidad de gente que allí se mezcla, la agresividad, la fortaleza,... la confusión que acaba cediendo a la fusión. No lo sé.
- Nueva York. Creo que llegaré a los cuarenta y aún no habré ido.
- Hagamos una cosa -animé un poco el ambiente-. El día de tu cumpleaños número cuarenta, te llevo a Nueva York, aunque te haya llevado antes, quién sabe.
- Estás loco. Venga, vale... y serás mi amante.
- Vaya eso ya va a ser más complicado, porque tú estarás casada, con hijos...
- Para ti no será difícil -aseguró.
- Entonces quedamos en eso -concluí-. El 13 de marzo del 2013 iré a buscarte a casa, cogeremos un avión y nos largaremos a Nueva York.
- Ojalá todo fuera tan fácil, ¿eh, Iñaki?
- Es así de fácil -sentencié y la besé apasionadamente.
Una hora después nos encontrábamos tumbados sobre el colchón de su cama, desnudos y amándonos intensamente. Había hecho el amor muchas veces con Bea, pero del mismo modo que me sucediera con aquel beso, tuve la extraña y fantástica sensación de que aquel acto estaba exento de sexo, era amor en estado puro... Qué tontería. Lo he pensado muchas veces y siempre acabo dudando de si lo era o no. Fuera lo que fuera, jamás lo volví a sentir hasta muchos años después... y olvidé las carcajadas de Satanás.
- Nunca me dejes, Iñaki -murmuró a mi oído mientras abrazaba mi torso desnudo, todavía sudoroso.
“Nunca me dejes, Iñaki”. Aquella frase sonó como una despedida de estación, como un lamento de un condenado a muerte... como una súplica de quien se siente impotente ante lo que le acecha.
jueves, 1 de enero de 2009
XI.
El amor. ¿Quién sabe qué demonios es eso? Nadie, absolutamente nadie y quien crea saberlo está confundido. Ha sido víctima, como otros tantos, de esa oscura sensación que invade la mente de las personas y logra embriagarles hasta el punto de realizar auténticas locuras. Basta echar la vista atrás y... en fin, yo también fui una víctima. El porqué es desconocido y el cuándo imprevisible, pero un buen día hace acto de presencia y ese día supondrá una elevación en todos los sentidos. Cambia en cierto modo la concepción de la vida y gran parte de los valores. Como si de un globo aerostático se tratara, uno comienza a subir a las alturas a medida que se sueltan los lastres, precipitándolos al vacío sin posibilidad de recuperarlos. El vértigo se experimenta de manera acusada y cada pie de altitud que ascendemos supone una terrible sacudida al corazón, que tiene desde el mismo momento de la partida la angustiosa sensación de que de súbito todo se va a venir abajo. A pesar de ello, deseamos proseguir el ascenso y nos sorprende vernos abandonar cosas que siempre hemos tenido en gran estima y que ahora, en cambio, consideramos pesados lastres que entorpecen el viaje.
De manera tan inesperada a como subimos un día en el globo, llega el día de fin del viaje. Se acabó. Caemos en picado y el golpe es tremendo. Aún aturdidos por el fuerte batacazo sufrido, nuestra mirada busca desesperadamente los lastres. ¿Dónde demonios están esos dichosos lastres? Seguramente, ya los habrá recogido otro y la decepción por su pérdida se confunde con el dolor de la caída.
Antes todo era distinto. Había viajado mucho y siempre hallaba un nuevo globo en el que introducirme como polizón. Era genial porque nunca me deshacía del lastre y, lo que resultaba más tranquilizador, iba correctamente equipado con un buen paracaídas. Sin embargo, con Beatriz no fue así y, sinceramente, no creía que volviera a subir a otro globo el resto de mi vida. El vértigo era desconcierto y muchas veces tenía nombre de hombre: Enrique.
- ¿Por qué no me llamas Kike como todo el mundo?
- Porque no me apetece, Enrique.
Estúpido diálogo que se repetía cada vez que le llamaba por su nombre. Aborrecía a ese tío. Todos creían conocerle y no sabían en realidad quién se ocultaba tras esa fachada de amigo inseparable. Yo sí... conozco a los tipos de su calaña. Toda mi vida los he tenido que padecer. La falsedad subyacente en esta clase de personas es lo que me pone enfermo. Bajo su amabilidad desinteresada mantienen un meticuloso entramado de sucias estrategias para obtener todo cuanto desean... incluso a Beatriz.
El maldito hijo de puta tenía la desfachatez de intentar separar de mi lado a Beatriz e inmediatamente después invitarme a unas cañas. ¿Pero qué se había creído? Repudio de él y de todos los que actúan del mismo modo y desde mi infinito dolor les deseo que sufran con idéntica intensidad del castigo que siempre me han impuesto.
Jamás se lo dije a Beatriz. Habría resultado muy sencillo acercarme y comentar “Joder, cómo se cantea a veces Enrique, ¿no?”. Pero de qué habría servido. Ella parecía disfrutar y no reparar en lo que realmente pretendía Enrique. Era increíble la metamorfosis que experimentaba Bea cuando estaba a su lado. Siempre la consideré muy inteligente y lógica en todos su planteamientos, pero cuando estaban juntos rayaba la estupidez y el más absoluto ridículo.
- Tío, díselo, no seas tonto -dijo Luna, esbozando una sonrisa que consiguió tranquilizarme.
- ¡Bah! -cogí la botella, bebí un sorbo de cerveza y proseguí-. Da igual. Si al final siempre pasa lo mismo.
- ¿Qué pasa?
Permanecimos sentados en aquel bar toda la tarde. Luna estaba preocupada por mi estado y me había invitado al teatro. La miré fijamente a los ojos, suspiré y dije:
- Siempre, desde que tengo uso de razón, he perdido todo. Nunca he tenido suerte y todo lo he conseguido currando como un cabrón... y para nada -tuve que hacer una pausa y desviar rápidamente la vista, porque comenzaban a nublarse los ojos y no quería romper a llorar-. Y esto se ha acabado.
- ¿Por esa tontería? ¿Porque se haya suspendido el viaje a Málaga ? Vamos, hombre -dijo Luna.
- Son demasiadas tonterías y estoy hasta las narices -acabé la cerveza y llamé al camarero-. Otra cerveza y, ¿tú quieres algo? -Luna movió la cabeza, negando-... y nada más.
- No creo que sea para tanto. Además... -la frase quedó bruscamente interrumpida. No lo podía aguantar por más tiempo y toda la furia y el rencor contenidos explotaron como una granada.
- Escúchame, Luna. Sí que es para tanto. Estoy harto de llegar a casa y tener la odiosa sensación de que tendré una casa, pero lo que es un hogar... Harto de que no me salga nada... ¿sabes por lo que he tenido que pasar para conseguir el dinero de ese viaje? Jamás te lo imaginarías, jamás... Estoy harto de ese Enrique, de que siempre se vaya con él y de que no esté aquí ella porque se han ido a no-sé-dónde... Estoy hasta las mismísimas narices de salir con Bea y creer que me está poniendo a prueba, que tengo que superar el listón de ese maldito Enrique... ¿Y sabes que es lo peor ? Que es tan jodidamente presuntuosa que sabe que me tiene bien pillado y le gusta putearme. Y se acabó. ¡Eso se acabó!
Miré a mi alrededor y descubrí que todo el mundo nos miraba sorprendidos. La escenita que organicé debió de ser bastante ridícula y Luna estaba avergonzada. Me resultaba indiferente y Luna lo sabía.
- Venga, pagamos y te acompaño a casa -sugerí.
- ¿Y la cerveza que has pedido? -preguntó extrañada.
Me encogí de hombros, dejé el dinero en la mesa y me levanté. De camino a su casa continuamos la conversación. Ella intentaba hacerme entrar en razón. Quería que no cometiera una locura a pesar de que era perfectamente consciente de mi situación. Sabía demasiadas cosas como para no entenderlo. Ella pretendía hacerme reflexionar, que viera los puntos favorables. Luna deseaba aferrarme a su lado. Ella... ella me quería de verdad y fui tan estúpido que jamás me di cuenta de ello... Y lo peor, es que yo también la amaba, de un modo u otro.
De manera tan inesperada a como subimos un día en el globo, llega el día de fin del viaje. Se acabó. Caemos en picado y el golpe es tremendo. Aún aturdidos por el fuerte batacazo sufrido, nuestra mirada busca desesperadamente los lastres. ¿Dónde demonios están esos dichosos lastres? Seguramente, ya los habrá recogido otro y la decepción por su pérdida se confunde con el dolor de la caída.
Antes todo era distinto. Había viajado mucho y siempre hallaba un nuevo globo en el que introducirme como polizón. Era genial porque nunca me deshacía del lastre y, lo que resultaba más tranquilizador, iba correctamente equipado con un buen paracaídas. Sin embargo, con Beatriz no fue así y, sinceramente, no creía que volviera a subir a otro globo el resto de mi vida. El vértigo era desconcierto y muchas veces tenía nombre de hombre: Enrique.
- ¿Por qué no me llamas Kike como todo el mundo?
- Porque no me apetece, Enrique.
Estúpido diálogo que se repetía cada vez que le llamaba por su nombre. Aborrecía a ese tío. Todos creían conocerle y no sabían en realidad quién se ocultaba tras esa fachada de amigo inseparable. Yo sí... conozco a los tipos de su calaña. Toda mi vida los he tenido que padecer. La falsedad subyacente en esta clase de personas es lo que me pone enfermo. Bajo su amabilidad desinteresada mantienen un meticuloso entramado de sucias estrategias para obtener todo cuanto desean... incluso a Beatriz.
El maldito hijo de puta tenía la desfachatez de intentar separar de mi lado a Beatriz e inmediatamente después invitarme a unas cañas. ¿Pero qué se había creído? Repudio de él y de todos los que actúan del mismo modo y desde mi infinito dolor les deseo que sufran con idéntica intensidad del castigo que siempre me han impuesto.
Jamás se lo dije a Beatriz. Habría resultado muy sencillo acercarme y comentar “Joder, cómo se cantea a veces Enrique, ¿no?”. Pero de qué habría servido. Ella parecía disfrutar y no reparar en lo que realmente pretendía Enrique. Era increíble la metamorfosis que experimentaba Bea cuando estaba a su lado. Siempre la consideré muy inteligente y lógica en todos su planteamientos, pero cuando estaban juntos rayaba la estupidez y el más absoluto ridículo.
- Tío, díselo, no seas tonto -dijo Luna, esbozando una sonrisa que consiguió tranquilizarme.
- ¡Bah! -cogí la botella, bebí un sorbo de cerveza y proseguí-. Da igual. Si al final siempre pasa lo mismo.
- ¿Qué pasa?
Permanecimos sentados en aquel bar toda la tarde. Luna estaba preocupada por mi estado y me había invitado al teatro. La miré fijamente a los ojos, suspiré y dije:
- Siempre, desde que tengo uso de razón, he perdido todo. Nunca he tenido suerte y todo lo he conseguido currando como un cabrón... y para nada -tuve que hacer una pausa y desviar rápidamente la vista, porque comenzaban a nublarse los ojos y no quería romper a llorar-. Y esto se ha acabado.
- ¿Por esa tontería? ¿Porque se haya suspendido el viaje a Málaga ? Vamos, hombre -dijo Luna.
- Son demasiadas tonterías y estoy hasta las narices -acabé la cerveza y llamé al camarero-. Otra cerveza y, ¿tú quieres algo? -Luna movió la cabeza, negando-... y nada más.
- No creo que sea para tanto. Además... -la frase quedó bruscamente interrumpida. No lo podía aguantar por más tiempo y toda la furia y el rencor contenidos explotaron como una granada.
- Escúchame, Luna. Sí que es para tanto. Estoy harto de llegar a casa y tener la odiosa sensación de que tendré una casa, pero lo que es un hogar... Harto de que no me salga nada... ¿sabes por lo que he tenido que pasar para conseguir el dinero de ese viaje? Jamás te lo imaginarías, jamás... Estoy harto de ese Enrique, de que siempre se vaya con él y de que no esté aquí ella porque se han ido a no-sé-dónde... Estoy hasta las mismísimas narices de salir con Bea y creer que me está poniendo a prueba, que tengo que superar el listón de ese maldito Enrique... ¿Y sabes que es lo peor ? Que es tan jodidamente presuntuosa que sabe que me tiene bien pillado y le gusta putearme. Y se acabó. ¡Eso se acabó!
Miré a mi alrededor y descubrí que todo el mundo nos miraba sorprendidos. La escenita que organicé debió de ser bastante ridícula y Luna estaba avergonzada. Me resultaba indiferente y Luna lo sabía.
- Venga, pagamos y te acompaño a casa -sugerí.
- ¿Y la cerveza que has pedido? -preguntó extrañada.
Me encogí de hombros, dejé el dinero en la mesa y me levanté. De camino a su casa continuamos la conversación. Ella intentaba hacerme entrar en razón. Quería que no cometiera una locura a pesar de que era perfectamente consciente de mi situación. Sabía demasiadas cosas como para no entenderlo. Ella pretendía hacerme reflexionar, que viera los puntos favorables. Luna deseaba aferrarme a su lado. Ella... ella me quería de verdad y fui tan estúpido que jamás me di cuenta de ello... Y lo peor, es que yo también la amaba, de un modo u otro.
martes, 30 de diciembre de 2008
X.
Cuando salí del apartamento eran las 20:30 y mi bolsillo se hinchaba con las 50.000 pesetas que guardaba. Oí cómo se cerraba la puerta tras de mí y tuve la sensación de que aquel portazo suponía mucho más que un golpe retumbando en la escalera, era una sacudida en mi interior que vertía toneladas de sal en las heridas abiertas. Me agaché y recuperé la fotografía de Bea; ahora tenía que recuperarla a ella. Una vez en la calle, me senté en un banco y con la imagen de Bea entre mis manos lloré. Y lo hice porque me sentía sucio, asqueado... como si hubiera sido violado brutalmente, pero era precisamente el hecho de que no hubiera existido violencia el que me producía esa sensación.
Terminé la tarde sentado delante de una barra, en un bar próximo al infierno, emborrachándome con whisky como en los viejos tiempos. Sólo faltaba el piano... Sostenía todavía la foto y la mira fijamente, pero no veía el rostro de Bea; eran los cuarentones los que desfilaban una y otra vez ante mí, sonriendo y empapándome de repugnante amabilidad. Y Satanás, también estaba Satanás. Aparecía embutido en unas mallas negras y un jersey entallado de un rojo intenso... y se reía. Allí en el bar casi podía oír sus carcajadas, que retumbaban en mis oídos. Cuando hube besado la fotografía de Bea una docena de veces y mezclado mis lágrimas con otros tantos whiskys, el camarero se negó a servirme más y me rogó que me marchara. Le pagué con aquel dinero sucio, del que me quería desprender inmediatamente y me fui.
Necesitaba a Bea como nunca antes lo había hecho. Me encaminé hacia su casa con la esperanza de que estuviera en casa y pudiera hablar con ella. A medida que me iba aproximando a su casa, los deseos de verla se incrementaban poderosamente pero algo me impedía llamarla. A pesar de la borrachera, era consciente de la situación y no me sentía con el valor suficiente para mirarla a la cara. No, aquella noche no. Satanás me había arrebatado todo el valor que tenía y aún no lo había recuperado. Imaginaba a Bea abrazándome y yo, mientras, con la mente en aquel apartamento de la Gran Vía. No quería aquello. Permanecí observando la ventana de Bea por espacio de hora y media, pero continuaba oyendo las carcajadas de Satanás.
Había perdido por completo la noción del tiempo cuando la vi aparecer por el otro extremo de la calle. Un miedo atroz me invadió de arriba a abajo y resolví esconderme detrás de uno de los coches estacionados. La vi pasar y justo antes de que se la tragara el portal tuve unos febriles deseos de gritar su nombre, que se diera media vuelta y abrazarla durante horas, sentir su calor cosolándome, su ternura protegiéndome y acallando para siempre aquellas carcajadas de Satanás que me mataban.
No lo hice. Cuando noté el chasquido de la puerta al cerrarse supe que por aquel día, todo se había cerrado definitivamente. Salí corriendo, sin dejar de llorar, pensando que todo se arreglaría, que a la mañana siguiente saldría de nuevo el sol... engañándome cínicamente con un “No ha pasado nada” y sabiendo en lo más profundo de mi ser que las carcajadas de Satanás nunca se desvanecerían del recuerdo y que, cuando menos lo esperase, escucharía de nuevo su estremecedor y angustioso sonido, martilleando una y otra vez mis oídos... Una y otra vez.
Terminé la tarde sentado delante de una barra, en un bar próximo al infierno, emborrachándome con whisky como en los viejos tiempos. Sólo faltaba el piano... Sostenía todavía la foto y la mira fijamente, pero no veía el rostro de Bea; eran los cuarentones los que desfilaban una y otra vez ante mí, sonriendo y empapándome de repugnante amabilidad. Y Satanás, también estaba Satanás. Aparecía embutido en unas mallas negras y un jersey entallado de un rojo intenso... y se reía. Allí en el bar casi podía oír sus carcajadas, que retumbaban en mis oídos. Cuando hube besado la fotografía de Bea una docena de veces y mezclado mis lágrimas con otros tantos whiskys, el camarero se negó a servirme más y me rogó que me marchara. Le pagué con aquel dinero sucio, del que me quería desprender inmediatamente y me fui.
Necesitaba a Bea como nunca antes lo había hecho. Me encaminé hacia su casa con la esperanza de que estuviera en casa y pudiera hablar con ella. A medida que me iba aproximando a su casa, los deseos de verla se incrementaban poderosamente pero algo me impedía llamarla. A pesar de la borrachera, era consciente de la situación y no me sentía con el valor suficiente para mirarla a la cara. No, aquella noche no. Satanás me había arrebatado todo el valor que tenía y aún no lo había recuperado. Imaginaba a Bea abrazándome y yo, mientras, con la mente en aquel apartamento de la Gran Vía. No quería aquello. Permanecí observando la ventana de Bea por espacio de hora y media, pero continuaba oyendo las carcajadas de Satanás.
Había perdido por completo la noción del tiempo cuando la vi aparecer por el otro extremo de la calle. Un miedo atroz me invadió de arriba a abajo y resolví esconderme detrás de uno de los coches estacionados. La vi pasar y justo antes de que se la tragara el portal tuve unos febriles deseos de gritar su nombre, que se diera media vuelta y abrazarla durante horas, sentir su calor cosolándome, su ternura protegiéndome y acallando para siempre aquellas carcajadas de Satanás que me mataban.
No lo hice. Cuando noté el chasquido de la puerta al cerrarse supe que por aquel día, todo se había cerrado definitivamente. Salí corriendo, sin dejar de llorar, pensando que todo se arreglaría, que a la mañana siguiente saldría de nuevo el sol... engañándome cínicamente con un “No ha pasado nada” y sabiendo en lo más profundo de mi ser que las carcajadas de Satanás nunca se desvanecerían del recuerdo y que, cuando menos lo esperase, escucharía de nuevo su estremecedor y angustioso sonido, martilleando una y otra vez mis oídos... Una y otra vez.
jueves, 18 de diciembre de 2008
IX.
Alonso Martínez. Restaban dos estaciones tan sólo para llegar a aquel lugar. Para llegar y morir un poquito más por dentro. Obtendría lo que tanto necesitaba y perdería lo único que tenía hasta entonces de valor... aunque esperaba que pudiera recuperarlo algún día. Dinero por dignidad. Ignoraba si era un buen cambio, pero sabía que era el cambio, con eso bastaba. La pregunta que me sacudía incesantemente era si podría volver a mirar a la cara a Bea.
Chueca. Una estación nada más. Una estación y me codearía penosamente con lo que siempre había repudiado. Los homosexuales siempre habían tenido mi más profundo respeto, pero lo que jamás soportaré es a esa maldita gentuza que se empeña en, no sólo ocultar su condición de homosexual, sino que además engañan a sus seres más queridos. En ocasiones es necesario ocultarlo porque las circunstancias así invitan a hacerlo, pero eso no es lo mismo que engañar... Hay que apoyarse en alguien más, aparte de tu pareja, porque si no se hace así se vivirá un completo fraude. Cuando pasa eso acaba por morirse en vida... como todos esos hombres casados con los que me encontraría en aquel apartamento de la Gran Vía y que buscaban ansiosamente humedades que no se hallan sólo en el agua.
Gran Vía. Fin del trayecto a ninguna parte. Bajé del vagón y caminé en dirección a las escaleras mecánicas. Me eché al lado derecho para permitir el paso. “No va a pasar nada”. Me lo repetía una y otra vez. Me sudaban las manos y la pesada sensación del estómago me hacía suponer que de un momento a otro vomitaría. Parecía que el corazón iba explotar, destrozando mi caja torácica, perdiéndose en aquellas escaleras mecánicas. Por una vez, pensé que bajaba al infierno por unos peldaños que, curiosamente, sólo ascendían... Y ya no había marcha atrás, como tantas otras veces. “No va a pasar nada”.
Ya me encontraba enfrente del portal. Traspasé el umbral, subí andando a la tercera planta -subiendo otra vez al infierno- y me detuve en la puerta de la izquierda. Cuando volviera a salir de aquel apartamento una parte de mí no regresaría conmigo, se quedaría allí, se consumiría allí... Extraje de mi cartera la fotografía que Bea me había dado, miré a mi alrededor y descubría que uno de los peldaños de madera estaba carcomido... podrido por todo lo que escapaba del piso próximo... igual que en ese instante yo estaba carcomido por la duda y el temor. Introduje la fotografía en el hueco que quedaba y pensé : “Tú aquí, que jamás te alcance esta jodida miseria... esta asquerosa locura de la que yo no puedo escapar”. Cerré los ojos y respiré profundamente. Alargué la mano hasta el timbre y, mirando por última vez la foto de Bea, con la mirada con que uno se despide en una estación de tren, me dije : “No va a pasar nada”... y llamé.
Aquella habitación, que supuse era la sala de espera, estaba repleta de cuarentones, con barrigas tan gordas como sus carteras, que desbordaban billetes por los cuatro costados. Al entrar dirigieron hacía mi la vista y con ella descargaron toda la lujuria y el vicio que albergaban, taladrando hasta el último resquicio de valor que conservaba. Sus obscenas sonrisas y su odiosa amabilidad infundían un miedo como nunca tuve, como jamás sufrí. Cuando el encargado me ordenó que pasara a otra sala y me desnudase, creí estar viendo al mismísimo Satanás, dispuesto a robarme el alma, a mancillarla y a aniquilarla por el escaso valor que tenía.
- Ahora irán pasando. Los recibes así como estás y les haces el apaño -explicó Satanás.
- ¿Cuánto tengo que cobrarles? pregunté, casi tartamudeando.
- Por eso no te preocupes que tú no tienes que hacer nada de eso, ya les cobro yo a la entrada -dijo, dando media vuelta- ¡Ah! Las gomas las tienes ahí en la mesilla.
Abandonó el dormitorio. Eran las 11:00 de la mañana. Por última vez, lancé al silencio un grito desgarrador -“No va a pasar nada”- y la viciosa sonrisa de un cuarentón trajeado
que entraba se grabó a fuego en mi corazón, abrasándolo un poco más... Y sí que pasó algo.
Chueca. Una estación nada más. Una estación y me codearía penosamente con lo que siempre había repudiado. Los homosexuales siempre habían tenido mi más profundo respeto, pero lo que jamás soportaré es a esa maldita gentuza que se empeña en, no sólo ocultar su condición de homosexual, sino que además engañan a sus seres más queridos. En ocasiones es necesario ocultarlo porque las circunstancias así invitan a hacerlo, pero eso no es lo mismo que engañar... Hay que apoyarse en alguien más, aparte de tu pareja, porque si no se hace así se vivirá un completo fraude. Cuando pasa eso acaba por morirse en vida... como todos esos hombres casados con los que me encontraría en aquel apartamento de la Gran Vía y que buscaban ansiosamente humedades que no se hallan sólo en el agua.
Gran Vía. Fin del trayecto a ninguna parte. Bajé del vagón y caminé en dirección a las escaleras mecánicas. Me eché al lado derecho para permitir el paso. “No va a pasar nada”. Me lo repetía una y otra vez. Me sudaban las manos y la pesada sensación del estómago me hacía suponer que de un momento a otro vomitaría. Parecía que el corazón iba explotar, destrozando mi caja torácica, perdiéndose en aquellas escaleras mecánicas. Por una vez, pensé que bajaba al infierno por unos peldaños que, curiosamente, sólo ascendían... Y ya no había marcha atrás, como tantas otras veces. “No va a pasar nada”.
Ya me encontraba enfrente del portal. Traspasé el umbral, subí andando a la tercera planta -subiendo otra vez al infierno- y me detuve en la puerta de la izquierda. Cuando volviera a salir de aquel apartamento una parte de mí no regresaría conmigo, se quedaría allí, se consumiría allí... Extraje de mi cartera la fotografía que Bea me había dado, miré a mi alrededor y descubría que uno de los peldaños de madera estaba carcomido... podrido por todo lo que escapaba del piso próximo... igual que en ese instante yo estaba carcomido por la duda y el temor. Introduje la fotografía en el hueco que quedaba y pensé : “Tú aquí, que jamás te alcance esta jodida miseria... esta asquerosa locura de la que yo no puedo escapar”. Cerré los ojos y respiré profundamente. Alargué la mano hasta el timbre y, mirando por última vez la foto de Bea, con la mirada con que uno se despide en una estación de tren, me dije : “No va a pasar nada”... y llamé.
Aquella habitación, que supuse era la sala de espera, estaba repleta de cuarentones, con barrigas tan gordas como sus carteras, que desbordaban billetes por los cuatro costados. Al entrar dirigieron hacía mi la vista y con ella descargaron toda la lujuria y el vicio que albergaban, taladrando hasta el último resquicio de valor que conservaba. Sus obscenas sonrisas y su odiosa amabilidad infundían un miedo como nunca tuve, como jamás sufrí. Cuando el encargado me ordenó que pasara a otra sala y me desnudase, creí estar viendo al mismísimo Satanás, dispuesto a robarme el alma, a mancillarla y a aniquilarla por el escaso valor que tenía.
- Ahora irán pasando. Los recibes así como estás y les haces el apaño -explicó Satanás.
- ¿Cuánto tengo que cobrarles? pregunté, casi tartamudeando.
- Por eso no te preocupes que tú no tienes que hacer nada de eso, ya les cobro yo a la entrada -dijo, dando media vuelta- ¡Ah! Las gomas las tienes ahí en la mesilla.
Abandonó el dormitorio. Eran las 11:00 de la mañana. Por última vez, lancé al silencio un grito desgarrador -“No va a pasar nada”- y la viciosa sonrisa de un cuarentón trajeado
que entraba se grabó a fuego en mi corazón, abrasándolo un poco más... Y sí que pasó algo.
domingo, 14 de diciembre de 2008
VIII.
¿Por qué demonios la cabeza de las personas tenía que comenzar a funcionar en el momento más inoportuno? Siempre ocurría lo mismo; la sucesión de acontecimientos se desarrollaba paso a paso, sin dejar un solo detalle. Aquel domingo por la noche debía acostarme temprano, a menos que al día siguiente pretendiese tirar al cubo de la basura todo el trabajo realizado en los últimos días. A las ocho de la mañana me encontraría sentado en un banco de clase, al final del largo pasillo, con mi pluma azul Mont Blanc en mi mano izquierda y dispuesto a realizar un examen, formato de test, de Mecánica. A decir verdad, habría preferido comenzar la semana con algo menos emocionante, pero no había elección. En esta vida, cuando no se tiene elección, sólo se puede hacer una cosa: aceptar el acto a realizar con la mayor dignidad y entereza posibles y, dentro de lo que cabe, facilitar el camino hacia el ineludible acto. Ignoraba si mi dignidad y mi entereza estarían a la altura debida, pero con respecto a la segunda premisa, me había armado con un pequeño kit de chuletas, hábilmente producidas y que, sabiamente camufladas, supondrían la facilidad que precisaba hacia ese ineludible acto.
Era incapaz de cerrar los ojos, dejar la mente en blanco y dormirme plácidamente. Mi cabeza funcionaba y funcionaba, recordándome que no tenía dinero, que lo necesitaba, que desconocía cómo obtenerlo. “¿Tienes alguna limitación sexual?”. “Pero esto es con señores, ¿lo sabías?”. Aquellas frases se repetían en mi interior produciéndome una sensación de culpabilidad; era culpable de haber pensado que prostituyéndome viviría mejor, sin darme cuenta de que el beneficio económico jamás compensaría la pérdida, ya no espiritual -eso implicaría a un Dios- sino la pérdida de la dignidad como persona. Vendiendo el propio cuerpo se menospreciaba la esencia del ser humano y se devaluaba hasta límites inimaginables, empapándose de una moral esquelética o, más aún, de una amoralidad que sostenía la anarquía total de actos.
Me intentaba escudar inútilmente en el hecho de que siempre haya intentado averiguar la diferencia entre prostituirse y ligar con chicas desconocidas cada fin de semana. Todos los sábados entraba con mis amigos en algún bar con la lujuriosa intención de encontrar a una chica dispuesta a besarse desenfrenadamente conmigo, permitiéndome introducir mi mano por la cremallera de su pantalón y quién sabe si algo más. Aquello era prostituirse gratuitamente, luego hasta cierto punto, las putas y los chaperos actúan con más inteligencia que nosotros. La única diferencia reside en que yo buscaba solamente sexo y las putas lo utilizan como mero instrumento para obtener dinero.
Si el dinero fuera lo único que matizara ambas situaciones, no habría dudado un segundo qué hacer, pero había algo en mi interior que me empujaba lejos de aquella tenue línea que separaba la prostitución del ligue. Quizás era ese elemento judicial que llaman conciencia, quién sabe. Pero cuando recordaba la cara de Beatriz cuando me había pedido que fuera a aquel viaje, mis ojos brillaban tanto que parecía que iban a rebosar y no contemplaba otra salida: tenía que conseguir ese maldito dinero fuera como fuera, tenía que ir con ellos a Málaga, tenía que decirle por fin a Beatriz que me gustaba más de lo que nadie lo había hecho en toda mi vida y que deseaba probar a tener, por una vez, un poco de estabilidad. Quería saltar al vacío con ella y hacerlo sin paracaídas, retando a la suerte, porque cuando realmente buscas algo bueno, hay que provocar a la suerte... y provocarla con descaro y soberbia.
Era incapaz de cerrar los ojos, dejar la mente en blanco y dormirme plácidamente. Mi cabeza funcionaba y funcionaba, recordándome que no tenía dinero, que lo necesitaba, que desconocía cómo obtenerlo. “¿Tienes alguna limitación sexual?”. “Pero esto es con señores, ¿lo sabías?”. Aquellas frases se repetían en mi interior produciéndome una sensación de culpabilidad; era culpable de haber pensado que prostituyéndome viviría mejor, sin darme cuenta de que el beneficio económico jamás compensaría la pérdida, ya no espiritual -eso implicaría a un Dios- sino la pérdida de la dignidad como persona. Vendiendo el propio cuerpo se menospreciaba la esencia del ser humano y se devaluaba hasta límites inimaginables, empapándose de una moral esquelética o, más aún, de una amoralidad que sostenía la anarquía total de actos.
Me intentaba escudar inútilmente en el hecho de que siempre haya intentado averiguar la diferencia entre prostituirse y ligar con chicas desconocidas cada fin de semana. Todos los sábados entraba con mis amigos en algún bar con la lujuriosa intención de encontrar a una chica dispuesta a besarse desenfrenadamente conmigo, permitiéndome introducir mi mano por la cremallera de su pantalón y quién sabe si algo más. Aquello era prostituirse gratuitamente, luego hasta cierto punto, las putas y los chaperos actúan con más inteligencia que nosotros. La única diferencia reside en que yo buscaba solamente sexo y las putas lo utilizan como mero instrumento para obtener dinero.
Si el dinero fuera lo único que matizara ambas situaciones, no habría dudado un segundo qué hacer, pero había algo en mi interior que me empujaba lejos de aquella tenue línea que separaba la prostitución del ligue. Quizás era ese elemento judicial que llaman conciencia, quién sabe. Pero cuando recordaba la cara de Beatriz cuando me había pedido que fuera a aquel viaje, mis ojos brillaban tanto que parecía que iban a rebosar y no contemplaba otra salida: tenía que conseguir ese maldito dinero fuera como fuera, tenía que ir con ellos a Málaga, tenía que decirle por fin a Beatriz que me gustaba más de lo que nadie lo había hecho en toda mi vida y que deseaba probar a tener, por una vez, un poco de estabilidad. Quería saltar al vacío con ella y hacerlo sin paracaídas, retando a la suerte, porque cuando realmente buscas algo bueno, hay que provocar a la suerte... y provocarla con descaro y soberbia.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
VII.
El tiempo transcurría a toda velocidad... como los coches. Los días iban quedando atrás y sin percatarnos habíamos pasado juntos ocho meses, durante los cuales no se habían producido desavenencias dignas de mención. Con frecuencia nos citábamos en algún bar con el fin de saber a dónde iríamos esa tarde y la mayoría de las veces acabábamos por no salir de ese bar. Allí charlábamos de los temas más dispares, degenerando las discusiones en sentencias pseudofilosóficas, radicales y que no iban a parar a ningún lado. Comenzábamos a hablar y perdíamos completamente la noción del tiempo. La cuestión más absurda nos era suficiente para discutir durante horas. Recuerdo un día en especial. No podría determinar la fecha exacta porque nunca reparo en ese tipo de cosas, pero sí todo cuanto sucedió.
- Sí, eso es como lo de la infidelidad, ¿no? -dijo Bea. Habíamos estado hablando sobre cómo la gente en general vivía circunscrita a toda una serie de normas sociales que, casualmente, resultaban de lo más absurdas-. No tiene nada de malo ser infiel, lo que pasa es que la sociedad lo ve mal. Siempre lo ha visto mal y, claro, no se puede ser infiel.
- ¿Quieres ser infiel?
- Yo no he dicho que quiera ser infiel, Iñaki, pero no tiene nada de malo. Vamos a ver, pongamos que yo tengo un mal día o que por cualquier otro motivo me lío con un tío y nos acostamos, ¿voy a dejar de quererte por eso? Eso no es amor, es sexo y se acabó. Yo te voy a seguir queriendo.
- Tal vez, pero yo a ti no -aseguré.
- Ya, eso no te lo crees ni tú. Si me quieres de verdad no vas a dejar de hacerlo de golpe.
- Yo sí, créeme.
- ¿Y por qué? Sólo habría sido sexo.
- Ya lo sé -coincidí-, pero no se puede hacer eso. No me mires así, es cierto. Una relación no puede basarse sólo en lo que se hace juntos, sino en lo que se hace separados... es casi más importante. Es muy difícil de explicar. Yo qué sé, el caso es que yo sí sería capaz de dejar de amarte de un día para otro.
Se sonrió, me cogió la mano entre las suyas y acercándose para besarme añadió: “Por si acaso no haremos la prueba, ¿eh?”. “Tú misma, rompecorazones”.
De regreso a su casa me anunció que Irene y los demás estaban preparando un viaje a Málaga. La gente, según decía, estaba muy ilusionada con el plan. Ella también. Lo contaba con ese brillo especial en los ojos que sólo se tiene en ciertas ocasiones y que siempre indica la fragilidad del deseo. Un deseo que yo no quería romper.
- ¿Vendrás tú también, no?
No hay ser humano capaz de decir “no” en un momento como ése y, sobre todo, ante aquel rostro que rebosaba felicidad. “Claro, no me voy a perder un viaje así”. De nuevo me besó, pero fue un beso muy distinto a los demás. Este fue largo, suave y sincero. Todos sus besos eran sinceros, no me cabe la menor duda, pero siempre iban cargados de pasión, de deseo. Éste, en cambio, quedaba desprovisto de todas esas sensaciones y resultaba más pausado, más... lleno de amor. Toda una carga de profundidad para mi corazón desprevenido.
Realmente me apetecía ir a aquel viaje, pero no tenía dinero y la situación en mi casa era demasiado tormentosa como para pedir que me lo subvencionaran. Además, aunque hubiera sabido que lo harían, nunca se lo habría pedido; no quería deberles más de lo que les debía hasta entonces. Nada. Me había precipitado con mi respuesta afirmativa a aquel viaje y ahora no sabía cómo iba a conseguir el dinero. Había realizado algunos intentos, pero era inútil. Irene me cogió con las manos en la masa, leyendo los anuncios de trabajo en el periódico. A pesar de que nunca hablábamos, era una de las personas que mejor creía conocerme y en seguida me preguntó:
- ¿Qué? ¿No tienes pelas para el viaje, eh?
- Ya está la lista -respondí, tras levantar la vista del periódico y comprobar quién me estaba hablando-. Pues sí, ni un duro.
- Aún no sé por cuánto saldrá, pero no creo que sea demasiado.
- Organizándolo una tía que se llama Irene y que le gusta que la llamen Luna, seguro que sale por un ojo de la cara. Con lo que me va a costar el viaje, podría cambiar las puertas de casa, pintar mi habitación, comprarme el ordenador y mandar a mi madre al asilo.
Irene se reía a carcajadas. Su escandalosa risa era tremendamente contagiosa y en la cafetería de la Facultad todos terminaban por reírse aún sin saber el motivo.
- ¡Qué idiota eres, cara huevo! Pues que sepas que “Irene” significa “guerra”, así que ten cuidado -amenazó entre risas-. Pero, ¿te apetece ir?
- Claro, aún no sé como voy a ir pero sí que me apetece. Además, tendríais un guía cojonudo. Conozco algún garito por allí que está muy bien.
- Sí, hombre. Y me llama a mi lista. A ver, sabihondo, qué garitos conoces, que yo he vivido allí.
No debía haber dicho nada. Nadie tenía por qué saber que yo conocía Málaga. Todos creían que nunca había salido de Madrid, salvo en viajes de fin de curso, porque siempre que hablaban de sus viajes yo me callaba, incluso hacía preguntas acerca de esos lugares cuyas respuestas conocía sobradamente para disimular. Pero quería ver la cara de Luna cuando le contestara.
- Pues podemos ir al cine, por ejemplo.
- ¡Ostia! ¡Te has mojado mucho, listillo! ¿Qué cine?
Ella lo había querido. Acababa de encender la mecha de la bomba que le iba a estallar en las manos, dejándola con la boca abierta.
- ¿Qué te parece al Alameda, o al Echegaray? Claro que si el cine no gusta siempre está el teatro, el Miguel de Cervantes, mismamente.
La expresión de su cara había cambiado súbitamente y me miraba con los ojos muy abiertos, casi sin pestañear. Era el momento de dar la estocada definitiva.
- Y luego nos íbamos a tomarla al Quitapenas, a Lo Güeno o al H20, ahí en La Malagueta.
- ¡Qué capullo eres! ¿Cuándo has estado? -lanzó la pregunta, ahogada por la risa.
- Eso nadie lo sabe -repliqué, acompañando la contestación de un guiño de ojo mientras me levantaba-. Es el misterio de Nacho, ¿no?
Me fui y Luna se quedó allí plantada, sin saber muy bien qué decir y repasando mentalmente los nombres que le había dado.
- Sí, eso es como lo de la infidelidad, ¿no? -dijo Bea. Habíamos estado hablando sobre cómo la gente en general vivía circunscrita a toda una serie de normas sociales que, casualmente, resultaban de lo más absurdas-. No tiene nada de malo ser infiel, lo que pasa es que la sociedad lo ve mal. Siempre lo ha visto mal y, claro, no se puede ser infiel.
- ¿Quieres ser infiel?
- Yo no he dicho que quiera ser infiel, Iñaki, pero no tiene nada de malo. Vamos a ver, pongamos que yo tengo un mal día o que por cualquier otro motivo me lío con un tío y nos acostamos, ¿voy a dejar de quererte por eso? Eso no es amor, es sexo y se acabó. Yo te voy a seguir queriendo.
- Tal vez, pero yo a ti no -aseguré.
- Ya, eso no te lo crees ni tú. Si me quieres de verdad no vas a dejar de hacerlo de golpe.
- Yo sí, créeme.
- ¿Y por qué? Sólo habría sido sexo.
- Ya lo sé -coincidí-, pero no se puede hacer eso. No me mires así, es cierto. Una relación no puede basarse sólo en lo que se hace juntos, sino en lo que se hace separados... es casi más importante. Es muy difícil de explicar. Yo qué sé, el caso es que yo sí sería capaz de dejar de amarte de un día para otro.
Se sonrió, me cogió la mano entre las suyas y acercándose para besarme añadió: “Por si acaso no haremos la prueba, ¿eh?”. “Tú misma, rompecorazones”.
De regreso a su casa me anunció que Irene y los demás estaban preparando un viaje a Málaga. La gente, según decía, estaba muy ilusionada con el plan. Ella también. Lo contaba con ese brillo especial en los ojos que sólo se tiene en ciertas ocasiones y que siempre indica la fragilidad del deseo. Un deseo que yo no quería romper.
- ¿Vendrás tú también, no?
No hay ser humano capaz de decir “no” en un momento como ése y, sobre todo, ante aquel rostro que rebosaba felicidad. “Claro, no me voy a perder un viaje así”. De nuevo me besó, pero fue un beso muy distinto a los demás. Este fue largo, suave y sincero. Todos sus besos eran sinceros, no me cabe la menor duda, pero siempre iban cargados de pasión, de deseo. Éste, en cambio, quedaba desprovisto de todas esas sensaciones y resultaba más pausado, más... lleno de amor. Toda una carga de profundidad para mi corazón desprevenido.
Realmente me apetecía ir a aquel viaje, pero no tenía dinero y la situación en mi casa era demasiado tormentosa como para pedir que me lo subvencionaran. Además, aunque hubiera sabido que lo harían, nunca se lo habría pedido; no quería deberles más de lo que les debía hasta entonces. Nada. Me había precipitado con mi respuesta afirmativa a aquel viaje y ahora no sabía cómo iba a conseguir el dinero. Había realizado algunos intentos, pero era inútil. Irene me cogió con las manos en la masa, leyendo los anuncios de trabajo en el periódico. A pesar de que nunca hablábamos, era una de las personas que mejor creía conocerme y en seguida me preguntó:
- ¿Qué? ¿No tienes pelas para el viaje, eh?
- Ya está la lista -respondí, tras levantar la vista del periódico y comprobar quién me estaba hablando-. Pues sí, ni un duro.
- Aún no sé por cuánto saldrá, pero no creo que sea demasiado.
- Organizándolo una tía que se llama Irene y que le gusta que la llamen Luna, seguro que sale por un ojo de la cara. Con lo que me va a costar el viaje, podría cambiar las puertas de casa, pintar mi habitación, comprarme el ordenador y mandar a mi madre al asilo.
Irene se reía a carcajadas. Su escandalosa risa era tremendamente contagiosa y en la cafetería de la Facultad todos terminaban por reírse aún sin saber el motivo.
- ¡Qué idiota eres, cara huevo! Pues que sepas que “Irene” significa “guerra”, así que ten cuidado -amenazó entre risas-. Pero, ¿te apetece ir?
- Claro, aún no sé como voy a ir pero sí que me apetece. Además, tendríais un guía cojonudo. Conozco algún garito por allí que está muy bien.
- Sí, hombre. Y me llama a mi lista. A ver, sabihondo, qué garitos conoces, que yo he vivido allí.
No debía haber dicho nada. Nadie tenía por qué saber que yo conocía Málaga. Todos creían que nunca había salido de Madrid, salvo en viajes de fin de curso, porque siempre que hablaban de sus viajes yo me callaba, incluso hacía preguntas acerca de esos lugares cuyas respuestas conocía sobradamente para disimular. Pero quería ver la cara de Luna cuando le contestara.
- Pues podemos ir al cine, por ejemplo.
- ¡Ostia! ¡Te has mojado mucho, listillo! ¿Qué cine?
Ella lo había querido. Acababa de encender la mecha de la bomba que le iba a estallar en las manos, dejándola con la boca abierta.
- ¿Qué te parece al Alameda, o al Echegaray? Claro que si el cine no gusta siempre está el teatro, el Miguel de Cervantes, mismamente.
La expresión de su cara había cambiado súbitamente y me miraba con los ojos muy abiertos, casi sin pestañear. Era el momento de dar la estocada definitiva.
- Y luego nos íbamos a tomarla al Quitapenas, a Lo Güeno o al H20, ahí en La Malagueta.
- ¡Qué capullo eres! ¿Cuándo has estado? -lanzó la pregunta, ahogada por la risa.
- Eso nadie lo sabe -repliqué, acompañando la contestación de un guiño de ojo mientras me levantaba-. Es el misterio de Nacho, ¿no?
Me fui y Luna se quedó allí plantada, sin saber muy bien qué decir y repasando mentalmente los nombres que le había dado.
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